
Durante los últimos cinco años, aproximadamente, se está volviendo una costumbre cambiar compromisos adquiridos con anticipación o avisar a última hora que la reunión concertada se traslada a otro momento. Cuando no, se recurre, cada vez con mayor frecuencia, al curioso recurso de “entonces después confirmamos”, como si no fuese suficiente validación la palabra ya empeñada.
También es frecuente el uso de la muletilla “tengo la agenda copada”, lo cual parece otorgar a quien la esgrime, un cierto halo de estatus, debido a la imagen de aparente “responsabilidad” o “dedicación al trabajo”, que proyectaría hacia quienes reciben la curiosa excusa.
Algunos optimistas dirán que se trata de rasgos propios de la supuesta “modernidad chilena” y que el país ha entrado a una dinámica tal de crecimiento autosostenido, que constituye un nuevo rasgo propio de las naciones avanzadas.
En consecuencia, las personas disponen cada vez de menos minutos por día, debiendo necesariamente manejar “agendas flotantes”, para dar eficiencia a la utilización del tiempo y maximizar la productividad. Sin embargo, conociendo los rankings internacionales del rendimiento laboral que exhibe nuestro país o la relación entre horas de trabajo y producción, entre otros indicadores, la conclusión no resulta tan alentadora.
Pienso que es muy lejos de ser aquello, pues las transformaciones en las prácticas de interacción y en las formas como nos relacionamos, si bien no poseen necesariamente una trascendencia moral permanente y se encuentran en constante mutación, en la medida que regulan relaciones sociales y permiten la coordinación colectiva, poseen inevitables consecuencias tanto para personas, grupos y sociedades completas.
El sentimiento de desagrado que se experimenta cuando se nos “traslada” a otro momento, como si fuésemos mercadería en estantes, no sólo hiere nuestra dignidad, sino que constituye un abuso de autoridad de quien ejecuta tal modificación unilateral, sobre la base normalmente de su posición jerárquica y habitualmente sin explicaciones adecuadas ni convincentes. Adicionalmente se erosionan los niveles básicos de compromiso dificultando la construcción de posteriores acuerdos ya defraudados so pretexto de la aplicación de un aparente principio de eficiencia.
A nivel societal, la generalización de prácticas excesivamente “blandas”, modificables, ajustables según las circunstancias, pueden poseer nefastos resultados para la construcción de riqueza en el largo plazo y de acuerdos, o cualquier tipo de contratos, pues ello depende del establecimiento basal y posterior construcción recursiva de confianzas entre los contrayentes. Sólo la confianza construye más confianza y con ello, el incremento de compromisos que estamos dispuestos a asumir con los demás.
En ese sentido, la “agenda flotante”, no es sólo una mala costumbre, que no atiende al otro como persona, sino que además no sirve para el desarrollo de los países, ni para establecimiento de vínculos en un mundo globalizado, sean altos dignatarios, pacientes de un consultorio, subordinados públicos y privados o simples ciudadanos “de a pie”. Esto lo saben bien las sociedades que sobre la base de valores culturales que distinguen la igualdad, cultivan el compromiso y educan a sus nuevas generaciones en el cumplimiento de sus obligaciones, por mínimas que sean, han alcanzado niveles de desarrollo y una calidad de vida que aún estamos lejos de obtener.