RSS Hay muchas cosas que hacen diferentes al empleado de una empresa frente a un empresario dueño de su unidad productiva, pero es una la que llama elocuentemente mi atención: mientras el primero siempre debe hacer lo que le dicen, el segundo puede hacer siempre lo que quiere.
Acá la clave es "debe hacer" y "puede hacer", pues es justamente aquello en que fallamos los unos y los otros.
El dueño "puede hacer" lo que quiera, se supone. ¿Puede? ¿Puede venderle a quien quiera? ¿Puede hacer el producto a su antojo? ¿Puede definir el precio sin importarle el mercado? ¿Puede tener su horario de trabajo flexible, tomar vacaciones cuando quiera y dejar grandes responsabilidades en otros que no son dueños como él?
Y qué me dice del empleado. ¿Debe cumplir estrictamente con las labores que aparecen en su contrato o pierde "la pega"? ¿Es imposible que consiga un certificado médico para no ir a trabajar? ¿Es una costumbre que pierda beneficios, bonos y vacaciones sin que pueda ampararse en un contrato?
En definitiva, ¿tan restrictivo es ser empleado? ¿tanta libertad tienen los empresarios? Me parece que no, que las diferencias están en otras cosas, pero no en esto. El que escogió un camino de vida basado en estos parámetros jamás podrá ser feliz, pues ni el empleado "debe" siempre, ni el empleador "puede" siempre.
A menudo escucho que muchos optan ser independientes para "ser libres" y que otra mitad no está feliz siendo empleado por las "restricciones" que le impone su empleador. Ambas situaciones me parecen absurdas y reflejan al ser humano en toda su dimensión.
Desde la filosofía griega aparecen teorías que hablan de un hombre insatisfecho, gris, amargo, oscuro y siempre descontento con la vida que le toca vivir. ¡Dios ha muerto! exclamó Zaratustra dándole el privilegio al hombre para alcanzar la divinidad, y sin embargo somos incapaces de lidiar con semejante libertad.
Asumimos desde el colegio las diferencias entre el hombre y el resto de los animales, pero siempre queremos ser como ese perrito dependiente que no sufre como uno las peripecias de la vida; o como ese gato regalón que entra y sale cuando quiere. ¡Hasta las plantas son más afortunadas que uno, que sale a trabajar, paga cuentas, lidia con los hijos, en fin!
Queremos vivir pronto en una cuarta dimensión, descubrir nuevas galaxias y teletransportarnos, pero no nos preocupamos de solucionar lo básico, lo que nos acompaña desde el día uno: hacer de nuestras vidas una fuente de disfrute permanente, donde los problemas son parte del todo.
Culpamos al "jefe" de todo lo que nos ocurre siendo empleados y culpamos al sistema por obligarnos a ser empresarios. Siempre el resto tiene la culpa de todo lo que hacemos, siempre hay algo que nos impide ser felices en nuestra vida laboral y, por supuesto, en la personal.
¿Dueño o empleado? Da lo mismo. Preocúpese de estar en el rol que quiere estar, disfrútelo y punto.
